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EL CUIDADO COLECTIVO CONTRA LOS SUJETOS MINIMOS
Texto: Mirta Taboada
Imagen: Silvia Lucero





“Aunque la peste, por la imparcialidad eficiente que usaba en su ministerio, hubiera debido afirmar el sentido de igualdad en nuestros conciudadanos, el juego natural de los egoísmos hacía que, por el contrario, agravase más en el corazón de los hombres el sentimiento de la injusticia”

Albert Camus, La Peste, 1947


Hay algo más profundo y más perverso que la lógica de mercado del capitalismo global. Lo escribió Hugo Zemelman en 1999, en las puertas del nuevo milenio. La homogeneización cultural, como apunta el sociólogo y pensador latinoamericano, es la que hace que los sujetos “por una parte comiencen a exaltarse como individualidades soberanas -yo soy importante, no los otros; yo soy el importante, no las organizaciones; yo soy el importante, no la solidaridad-; pero, por otra, inmediatamente se siga de una especie de reducción de ese ciudadano redentor. Esa reducción consiste en decir: señor ciudadano, ya ha logrado usted ser ciudadano. Pregúntese ahora, ¿para qué sirve ser ciudadano? Lo que se busca es una minimización del ser humano. Una disminución de la capacidad del ser humano de construir su destino, de ver las diferencias y de construir su realidad: un ser humano mínimo, un sujeto mínimo [...]”2

Zemelman explica que, mediante esta lógica de sujetos mínimos, el discurso dominante de la globalización quiere suprimir al sujeto, negarlo y reemplazarlo por lógicas autorregulables, que hagan cada vez menos necesaria su presencia. Pero ahí donde está el diagnóstico sombrío y la denuncia también está la proposición: accionar desde lo cotidiano, desde nuestros “microespacios” y “microtiempos”, tarea que no es a corto plazo y que puede exceder incluso los límites de nuestras propias vidas personales. Nos hace intervenir en el terreno de lo colectivo y es, como sostiene Zemelman, la manera en la que se hace la historia, desde las acciones anónimas, cotidianas, muchas veces no reconocidas.

Hoy, en el contexto de una pandemia global esa reflexión resuena e interpela más que nunca: la situación de emergencia no compromete sólo a la cuestión sanitaria, económica, geopolítica. En sintonía con la perspectiva de Zemelman, el filósofo italiano Franco Berardi2 viene desarrollando en su obra las características de lo que llama globalismo inhumano y del capitalismo global como “fábrica de infelicidad”. Como apunta Berardi, en tiempos del semiocapitalismo la abstracción prima sobre la materialidad del capital y reconfigura el lenguaje, y los procesos de comunicación e información se aúnan a lo financiero y lo económico. La rentabilidad es el principio trascendente y como consecuencia actúa en la subjetividad: los espacios para la afectividad social y el intercambio sin beneficio económico se marginalizan, a la vez que se acentúan la pérdida de la singularidad y la despersonalización.

En este tiempo particular y urgente que nos atraviesa, ello parece exacerbarse. Berardi nos invita en la Conferencia “Respiración umbral: virus y literatura”2 a centrar la pregunta en torno a la subjetividad, esa que es tan importante como nuestros cuerpos. “Necesitamos un proceso de subjetivación solidaria, colectiva, feliz para enfrentar los efectos del apocalipsis.” ¿Cómo pensar entonces el distanciamiento y el aislamiento social más allá de la restricción, como condición de cuidado y de responsabilidad social? Las miradas como las de Berardi y Zemelman nos convocan a pensar la matriz en la que nos inscribimos como sujetos que vivimos en este espacio y tiempo, situados en una geografía que despliega su carácter de pertenencia múltiple pero también desde la trama del capitalismo global, que más que un concepto teórico se manifiesta en nuestras prácticas, en nuestras subjetividades, en nuestros discursos y en nuestra cotidianeidad.

El cuidado es, debe ser, colectivo: hoy más que nunca lo que hacemos o no hacemos, lo que cumplimos o dejamos de cumplir, afecta al resto. Cuidado con otros y otras y no desde la amenaza de un cuidarse de otros y otras. Como contrapartida y crítica dominante a este llamado al cuidado se afirma la defensa de todo concepto aunado al poder ser y hacer individual, la mirada desde la situación personal o familiar de lo que es un microcosmos, una falsa isla, una ajenidad que se construye, nuevamente, desde una matriz que es ética y política, de manera más o menos consciente: el rol propio respecto de la sociedad de la que formamos parte, el rol que pensamos debe tener el Estado y sus diferentes sistemas, que lejos están de ser entes teóricos u omnipotentes que nos exceden.

El motor siempre es la pregunta. ¿Por qué docentes se manifiestan en redes sociales para concientizar sobre los cuidados necesarios en la educación en este contexto? ¿Por qué se replican videos y publicaciones de trabajadores de la salud que nos piden conciencia y cuidado? ¿Por qué compartimos y celebramos en redes sociales las postales de familiares recibiendo la vacuna?

No es sólo una madre, un padre, un abuelo o abuela, es mucho más que eso: es presencia de un Estado, lo cual no sucede en todo los casos, como enseñan experiencias en otros países de la región y del mundo. Sucede a través de una política sanitaria pública y gratuita y de una ciudadanía a contrapelo del egoísmo y la apatía. De sujetos que se resistan a ser sujetos mínimos bloqueados por el discurso dominante, como sostiene Zemelman. De accionar desde el cuidado colectivo para que no se salve quien pueda y nos salvemos todas y todos.



1 Zemelman, Hugo, “La historia se hace desde la cotidianeidad” en Dieterich, H. El nuevo proyecto histórico. Fin del capitalismo global. Txalaparta, 1999.

2 Berardi, Franco, “Segunda bifurcación: Conectividad/Precarización”, en Generación Post-Alfa, Buenos Aires, Tinta limón, 2010.

3 Conferencia de Franco Berardi, “Respiración Umbral: virus y literatura”, Universidad Tres de Febrero, 9 de octubre de 2020 https://www.youtube.com/watch?v=Ir68JYQJ6K0




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