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BURBUJAS SOCIALES
De la utopía de la democratización del conocimiento al monopolio del tráfico de información.

Texto: Gastón Bravo Almonacid
Imagen: Luciana Lezcano




Como todas las revoluciones, la revolución informática abrió un espectro de potencialidades muy amplio, provocando temor en algunos y esperanza en otros. A decir verdad, tanto miedos como anhelos eran fundados y posibles.

Las ideas más transformadoras se incubaron en sótanos y garajes por individuos algo obsesivos y asociales, muchos de los cuales jamás imaginaron el alcance e impacto de sus inventos, otros sí, y su desarrollo fue marginal, como el de los pequeños mamíferos a la sombra de inmensos dinosaurios.

Mientras las grandes empresas se enfocaban en el aprovechamiento y capacidad de los recursos ya desarrollados, muchas innovaciones florecieron aprovechando oportunidades, resquicios, nichos todavía no explotados, montándose en infraestructuras cuyo rápido y anárquico crecimiento carecía de restricciones corporativas.

Es así que en sus inicios, con la popularización de las tecnologías digitales, con los ordenadores personales esparciéndose por las casas de clase media, con adolescentes que intervenían sistemas computarizados de multinacionales e instituciones estatales por línea telefónica, con una red digital que se expandía sin aparente control o regulaciones, la democratización del conocimiento parecía no sólo posible, sino inevitable.

De hecho, gran parte de los avances y desarrollos que hoy se utilizan fueron obra de voluntades que pugnaban por un ciberespacio despojado de condicionamientos capitalistas, propulsando códigos informáticos abiertos y colaborativos, promoviendo la interacción directa y libre entre individuos, sin intermediarios.

Aparte, en este caldo primigenio de internet podían proliferar una multitud de iniciativas que, en igualdad de condiciones, se expandían y diversificaban, evolucionaban o se extinguían. Los superestructuras de poder parecían no tener reflejo suficiente para adaptarse a esta virtualidad en constante transformación.

Pero la reacción no tardó en producirse. Y muchos de los otrora pequeños y rebeldes vanguardistas de la nueva era digital terminaron fundando imperios e intentado encauzar el tráfico informático en beneficio propio.

La batalla legal que sostuvo Microsoft por ligar su sistema operativo (Windows) con el navegador (Internet Explorer), barriendo con la competencia de otras empresas, es emblemática de estas fricciones tempranas donde ya empezaba a tomar fuerza el pulso monopólico y el lobby corporativo comenzaba a rendir sus frutos.

En sentido contrario, los emprendimientos que amenazaban poderosas industrias al permitir el intercambio de archivos entre usuarios en forma directa y sin controles, más allá del usufructo que se pudiera hacer de sus servicios, terminaron siendo acosados judicialmente.

Las corporaciones encontraban amparo en las políticas de instituciones gubernamentales y la tendencia hacia la concentración del flujo informático resultaba cada vez más evidente. Así fue que, ola tras ola, diferentes propuestas y recursos inauguraron nuevos horizontes de acción que, al tiempo, terminaron siendo acaparados por intereses sectoriales.

Hoy un puñado de multinacionales controlan casi todo el tránsito de datos a nivel global, pero más allá de la inaudita acumulación de poder y el obvio peligro que implica, existe otro fenómeno aparejado, quizás más oscuro: la injerencia cada vez mayor de los aparatos de estado y agencias privadas escrutando, espiando, condicionando e inhibiendo el libre intercambio de información.

El caso de Julián Assange, fundador de Wikileaks, que en 2010 reveló documentos de la guerra de Irak en los que se muestran torturas y matanzas de las tropas estadounidenses, es claro ejemplo de esto. Assange hoy es acosado y perseguido a instancias del gobierno de EEUU, acusado de espía por los mismos que, precisamente en Wikileaks, fueron expuestos por espionaje gubernamental con documentos filtrados que así lo probaban.

El episodio más reciente de esta trama lo constituye la explosión de las redes sociales como el último gran acaparador del flujo de información, imponiéndose como agentes formadores de opinión, manipulando el comportamiento de extensos grupos poblacionales, sesgando los contenidos producidos y determinando los focos de atención como nunca antes lo habían hecho los medios masivos analógicos.

De hecho, una vez consolidado este poder cuasi omnímodo, la tendencia operacional de estas aplicaciones y servicios se vuelve cada vez más restrictiva, las posibilidades de desarrollo creativo e interacción directa se acotan, los dispositivos y medios determinan las formas, los significantes, y por ende, los pensamiento, las ideas.

Más que redes, hoy las burbujas sociales nos contienen, nos limitan, mientras seguimos entregando nuestra privacidad para el provecho de una élite convertidos en meros consumidores, en datos algorítmicos. La globalización no es homogénea e implica una concentración de poder históricamente desconocido a ritmo vertiginoso. Nuestra marginalidad se acentúa y nuestras decisiones se encuentran cada vez más condicionadas.

La red se convierte en trampa.








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